lunes, 30 de diciembre de 2013

Respuesta tardía para Quique

Quique: El artículo Dos Maestros que nunca adjunté y que ahora recuperé te lo adjunto, con bastante retraso. Saludos.

Dos maestros

¿Cuándo y por qué se deterioró en México la imagen del maestro? No lo sé, pero es urgente repararla. Todos tuvimos maestros que nos marcaron para bien. Tal vez recordarlos ayude a reivindicar su digna vocación.

Febrero de 1965, salón 101 de la Facultad de Ingeniería en la UNAM. Sentado en un pupitre, Don Enrique Rivero Borrell, maestro de matemáticas, tomaba la lista de sus futuros alumnos. Impecablemente vestido con un traje beige claro y corbata de moño, proyectaba sencillez y serenidad. Era de estatura poco más que mediana, algo regordete, usaba gruesos lentes, tenía el pelo escaso y cano. Ahora creo que apenas rebasaba los 50 años (fue condiscípulo de Javier Barros Sierra, nacido en 1915) pero parecía mucho mayor. Fue la única vez en su curso que lo vi sentado. Como los oradores romanos, impartía su cátedra de pie, con voz pausada y suave. Nunca faltó a su clase. Con impecable letra Palmer, desarrollaba sus temas en el pizarrón -o, mejor dicho, los dibujaba- sin voltear la mirada a su público. Así recuerdo que nos explicó la Teoría de conjuntos y otros arcanos. Desde las bancas, los jóvenes rapados, los "perros", seguíamos en silencio aquella melodía visual. Lo que nos fascinaba era la claridad y el rigor con que el maestro nos guiaba para entender desde su esencia -no mecánicamente- los conceptos. Al final, contemplaba con orgullo aquel efímero mural matemático del que tampoco nosotros podíamos desprender la mirada. Nadie que tomase en serio la clase de Rivero Borrell podía salir al mundo de otras disciplinas, por más remotas que fueran, sin una estructura, o al menos una exigencia de estructura. Lo que el maestro transmitía no era sólo un conocimiento, sino una forma de llegar al conocimiento.

A través del año escolar, su método de ponderar el avance de los alumnos no consistía en someterlos a un examen sino en verlos desempeñarse frente al pizarrón. Al final de los cursos concentró al grupo en el Auditorio de Ingeniería -éramos más de cien- y nos dictó el único examen del curso. Inmediatamente después abandonó el recinto, dejándonos absolutamente solos. Hubo, como es de imaginar, un copiadero frenético. Los estudiantes avanzados les pasaban a los otros las respuestas en los baños. Todos salieron confiados en su pase y hasta en una alta calificación. A los pocos días, en la entrega de las boletas, nos dimos cuenta de que el maestro había aprobado a un treinta o cuarenta por ciento del salón. Las calificaciones que había puesto eran perfectas. Nos conocía a todos. No nos había juzgado por un papel, sino por los méritos de cada trayectoria.

Nos enseñó a amar las matemáticas como se ama la poesía o la historia. Como a una musa que no exige sólo inspiración e imaginación, sino precisión, constancia y coherencia. Nos transmitió un código ético hecho de observación y fundamentación. Nos regaló el método científico en cada rúbrica: QED, Queda Esto Demostrado.

Enero de 1969, Sala de Seminarios de El Colegio de México, Guanajuato 125. Luis González y González, maestro de historia, imparte su primera clase a la nueva promoción de estudiantes del doctorado. A los 43 años de edad acababa de publicar su obra maestra: Pueblo en vilo. Tenía una gran melena y un bigotillo bien recortado que le daba una vaga semejanza con Clark Gable. A mis compañeros (Héctor Aguilar Camín, Carmen Castañeda, Álvaro López Miramontes, entre otros) les sorprendió, como a mí, el tono campechano de este michoacano. Yo había acudido de oyente a alguna de sus clases y me había encantado su estilo: "la verdad -dijo más o menos- es que a Santa Anna no le importaba el poder sino las peleas de gallos", y de allí se explayó en su narración de la vida cotidiana en el pueblo de Tlalpan, donde el seductor caudillo apostaba y ganaba. Descubrimiento maravilloso: ¡Se podía uno reír escuchando una clase de historia! El curso de doctorado era cosa muy seria para el currículo: "Teoría y método de la historia", y Luis González le imprimía una claridad aristotélica -salpicada de ocurrencias- que aún puede apreciarse en su maravilloso libro El oficio de historiar.

Era un maestro excepcional en clase, pero no creía en las aulas sino en la conversación en el café de El Colegio, en el restaurante "La Bella Italia" de la contigua avenida Álvaro Obregón o en su modesta casa de la calle de Carlos Pereyra, en la colonia Viaducto Piedad. La charla animadísima podía tocar los temas más variados de la historia mexicana y universal pero nunca asumía la forma de una prédica sino de una sutil provocación para suscitar ideas y lecturas: "la verdad -decía por ejemplo- es que nadie ha descubierto nunca las razones de la Primera Guerra Mundial, porque es inexplicable". Esa frase era en sí misma la postulación de una filosofía y una teoría de la historia en la que la explicación (el por qué de las cosas) es menos importante que la comprensión (el cómo de las cosas, su sentido interno de los actos).

Era alérgico a la pontificación, la solemnidad, el dogmatismo, el adocenamiento. Insinuaba un tema, una visión, para que sus alumnos descubrieran la verdad por sí mismos. Si se perdían en el laberinto, los dejaba perderse y errar en el desconcierto o la confusión hasta que él, con una frase, mostraba la luz al final del túnel. Aunque impartió clases en varias instituciones (de eso vivió siempre, con eso mantuvo a su numerosa prole) pensaba que un historiador era ante todo un escritor: "escriba una obra, no una tesis". Buscaba la verdad histórica como un científico y la expresaba como un artista. Era lector del mejor lector, de Borges. Veía el espectáculo del mundo, y la vida de México, con humor, lucidez y escepticismo.

dos artículos sobre los escritores actuales en México

Les adjunto la liga de dos artículos de Guillermo Fadanelli, uno de los escritores mexicanos actuales que resultan útiles para el trabajo de Literatura Mexicana II, el autor escribe regularmente cada lunes en el Universal. http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2013/12/67899.php y http://www.eluniversalmas.com.mx/editoriales/2013/12/68077.php

martes, 24 de diciembre de 2013

Los orígenes de la creación literaria.

El tema del suicidio de un hijo resulta algo inefable, innombrable dice la autora de la obra que se ocupa del tema. Datos interesantes sobre los orígenes de la composición literaria, por si a alguien le interesa el tema.

Literatura y consuelo: una conversación con Piedad Bonnett

En las primeras páginas de “Lo que no tiene nombre”, una mujer pregunta a Piedad Bonnett qué órganos de su hijo, fallecido en mayo de 2011 al arrojarse al vacío desde la azotea de un quinto piso, autoriza donar. Ella responde que “sí” a una larga lista que va mucho más allá del corazón, los riñones o los ojos. “Y Daniel, mi hijo entrañable, el muchacho de labios carnosos y piel bronceada, se fue deshaciendo con cada palabra mía”, escribe Bonnett como madre que no puede renunciar a su oficio de poeta, dramaturga y narradora.
La frase es apenas una muestra del tono sereno y reposado que Bonnett logró en su libro testimonial para narrar el inmenso dolor que le produjo el suicidio de su hijo, aquejado por la esquizofrenia, y las circunstancias que lo precipitaron.
Más allá de la solidaridad y el profundo respeto que el libro —que se convirtió en un best seller en Colombia— ha despertado en miles de lectores, “Lo que no tiene nombre” llenó un enorme vacío alrededor del desamparo y la angustia de quienes, en carne propia o cercana, padecen los estragos de la enfermedad mental y el fantasma del suicidio.
Una de las grandes virtudes del libro es que se sumerge en temas complejos (la enfermedad mental —la esquizofrenia en particular— y el suicidio) pero desmenuzándolos con un lenguaje cálido, sencillo y fluido, en un tono muy humano y vivencial, en contraste con la prosa fría de libros de psicología especializados, llenos de tecnicismos y conceptos abstractos. Y sobre todo, el libro es consolador. “La gente me ha dicho que el libro consuela, acompaña”, anota la autora. Es, en efecto, un consuelo reposado.
No sorprende entonces que la respuesta del público haya sido abrumadora, tanto en el plano literario como extraliterario: no sólo por la cantidad de lectores, sino por la cantidad de personas que buscan a Bonnett con el pretexto del libro.
“Se me abalanzó una cantidad de gente. Sólo el día del lanzamiento había unas 600 personas, una cosa desmesurada. La gente venía a que le firmara, pero ése era el pretexto. Unos venían a abrazarme, como una especie de duelo colectivo, otros a pedirme el teléfono del médico del cual hablo bien. Otros me dijeron que les diera mi teléfono o el correo para contarme su caso. Llevamos varios meses y todos los días recibo dos o tres correos del enfermo mismo, porque muchos muchachos enfermos han leído el libro y lo han encontrado muy consolador, han querido que sea como su madre sustituta, de alguna manera”, refiere.
“Un montón de gente quería oír hablar de esas cosas en concreto, no algo tan teórico. La gente se ha quejado conmigo de los médicos, del sistema de salud, al tiempo que se preguntan cómo podrían hacer la vida de esos muchachos (con afecciones similares) más plena. La gente se identifica con el libro desde muy distintas perspectivas, o simplemente porque la idea del suicidio es siempre entre aterradora y subyugante”, añade.

¿Cómo surgió este libro, cuáles fueron las principales motivaciones (el dolor, el desahogo, la catarsis)?
Con este libro me resultó más difícil pensar en la génesis. Daniel murió y a los 15 ó 20 días me fui a Italia con mi marido y me llevé algunos libros sobre el suicidio, la muerte y la enfermedad, incluido uno de Jean Améry. A medida que los leía se me disparaban los recuerdos de lo que había sido esta experiencia de Daniel. Siempre llevo unas libretas y empecé a escribir todo eso. Creo que en un primer momento pensaba en poesía. Para mí la escritura siempre ha sido liberadora, catártica, sanadora, y el solo hecho de escribir esas frasecitas que iba encontrando en los libros me consolaba.
Cuando volví a Colombia, alguien me habló del libro de Joan Didion, que testimonia la muerte de su marido, y me empezaron a hablar de libros que habían sido escritos para consolarse por la muerte de alguien. Luego viajé a España.
Ya para entonces empezaba a cuajar en mí la idea de que en vez de ponerme a escribir unos poemas, que no querían salir, quería escribir sobre algo que rápidamente comprendí y es el sentido trágico de la vida de Daniel, que también nos tocaba a nosotros. Uso la palabra trágico en el más clásico de los sentidos, cómo todos los pasos que él dio y dimos eran para eludir un destino, y cómo ese destino le fue atravesando toda clase de obstáculos y la vida terminó cercándolo de una forma precipitada: en dos meses se desencadenaron un montón de eventos que lo cercaron. Su siquiatra me habló incluso de la ‘cuarta pared’, en la que una persona —cuando está en un estado muy opresivo, ya pensando en la muerte, cuando ya ve la sin salida— erige ella misma una cuarta pared. Yo sentía que debía contar todo eso como un ejemplo de tantas vidas atrapadas por el sentido trágico de la existencia. Movida por eso, empecé a narrar, haciéndome preguntas de escritora: ¿Y ahora por dónde comienzo? ¿Cómo lograr comunicar al lector esta experiencia de la manera más sintética y efectiva posible (el libro tiene 136 páginas)? Y con el bagaje literario de haber enseñado mucho (Bonnett es profesora universitaria desde hace años), de haber escrito mucho, a lo primero que renuncié fue a la narración puramente lineal, y también descarté una parte de la vida de Daniel, toda su infancia, porque no se trataba de hacer una apología de mi hijo. Estaba pensando en expresar lo máximo con el mínimo de palabras.
Así se me ocurrió comenzar con esa circunstancia atroz de la cual casi nadie habla, que es la noticia que da cuenta de una muerte y los días inmediatamente posteriores, que en este caso eran especialmente dramáticos porque estábamos esperando un cadáver. Eso me dio una pauta y a medida que iba escribiendo fui buscando el resto de la estructura. Después decidí hacer un flashback y remontarme al momento en que a Daniel le aparece la enfermedad. Mientras tanto, seguía leyendo muchos libros sobre la muerte, el dolor, incluso libros jocosos sobre la muerte, como uno de Julian Barnes.
La palabra escrita siempre ha sido para mí como un apoyo, una muleta, y me di a leer todo eso, no para huir del dolor, sino para vivirlo de una forma distinta, acompañada de reflexión. Me metí en un proceso que era a la vez emotivo e intelectual, porque mientras leía, mi mente transitaba por todos esos postulados, y mientras escribía tenía que revivir el dolor; como que lo uno era antídoto de lo otro: cuando veía que estaba sucumbiendo al dolor, apelaba al pensamiento, y eso me permitía salir. Así fue dándose este libro.

¿Desde qué emociones o intereses sientes que las personas se han conectado más con el libro: el consuelo, la orientación, la resignación?
Desde la solidaridad humana, porque mucha gente que no tiene a su alrededor nada de esto, ni muerte ni enfermedad ni suicidio ni nada, ha entrado en una compenetración conmigo que me hace pensar que están conociendo una realidad que de otra forma no habrían conocido, y que los ha removido, como recordándoles que el dolor puede existir en esa magnitud. Teníamos miedo con la editorial de las reacciones al libro y lo que ha habido es un enorme respeto, una respuesta muy bonita de la sociedad, como diciendo ‘siento lo que sientes’.

Sugerencias de lectura para vacaciones

Hola: les comparto  este artículo donde F. Reyes Heroles comparte una serie de sugerencias de lectura que podrían ser de interés para estos días de relativo descanso. Carlos
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Federico Reyes Heroles 24/12/2013 00:21
Rabiosamente
Una vez al año los asuntos públicos pueden esperar. Siguiendo la consigna de Robert L. Stevenson: “No hay deber que descuidemos tanto como el de ser felices”. Leonardo Curzio agrega cada mañana, al cerrar su noticiario, un adverbio: “Sea usted rabiosamente feliz”. Intentémoslo, con rabia. Nuestro mundo, con todas sus amenazas y horrores, también nos ofrece como nunca antes la posibilidad de acceder a muy diferentes gozos. Hoy, que para muchos es día de hogar, de cariño, de generosidad, entrego al lector una lista de sugerencias, de gozos asequibles. Quizá sea tarde para esta Navidad, pero para gozar hay más tiempo que vida.
Por cierto, la felicidad es un tema que ya lleva años de estar cobrando fuerza. Cada vez hay más investigaciones serias sobre ese estado del alma, si se me permite el término. Acaso se puede ser feliz en la pobreza, qué tanto dinero se necesita para serlo, hay o no una relación. Pero la felicidad también se inventa, por eso es un misterio. Los índices de satisfacción con la vida fueron —hace casi un siglo— la puerta de entrada a la discusión. Hoy una nación como Bután planea sus estrategias de gobierno a partir de un índice de felicidad. El tema da para mucho, le recomiendo Una historia de la felicidad, de Darrin M. McMahon. No es un libro nuevo (Taurus, 2006), pero sigue siendo útil para ordenar las ideas y comprender la evolución del término.
Ya recomendé El ruido eterno, de Alex Ross, ese apasionante viaje por la historia del siglo XX a través de su música orquestal. Ahora el crítico musical del New Yorker nos regala otra apasionante provocación, Escucha esto, también en Seix Barral. Allí encontrará usted los perfiles de los grandes clásicos como Mozart o Schubert, pero ahora en función de la música contemporánea. La meta: “Cruzar la frontera de la clásica al pop”, es un trayecto hacia los orígenes. De pronto se encontrará usted leyendo sobre John Cage o Bob Dylan y las influencias escondidas detrás de ellos.
En los terrenos de la música, una obra poco conocida, pero muy bella, es la Misa de los niños, del británico John Rutter. Si usted tiene cierta resistencia a la música sacra, si El Mesías, de Händel, le parece un plomo o ya no puede recibir otra dosis más como ocurre con El Cascanueces, dese la oportunidad de una misa fresca, marcada por la alegría de la voz de los niños. Desde hace décadas la música sacra se reinventa con fuerza. Henryk Górecki ya nos estremeció con su Tercera Sinfonía. Rutter es el otro extremo: canta a la vida. Por cierto, ¡qué falta hace Ernesto de la Peña! Por fortuna el IMER ha tomado la sabia decisión de conservar al aire sus materiales en el 94.5 de FM, cápsulas y programas del gran erudito que se fue hace un año. Entre sus programas destaca Música para Dios, que se sigue transmitiendo todos los domingos a las 10 de la mañana.
Pero los cantos al Creador no desvanecen la rudeza de la vida de millones. El documental de Malik Bendjelloul —Searching for Sugar Man— pertenece a ese lado. El personaje y su historia son increíbles. La banda sonora con la música de Sixto Díaz Rodríguez es nuevo territorio. Otra sugerencia, una serie llamada a ser un clásico es The Men Who Built America (History Channel). Tres discos, ocho episodios que explican la historia de cinco gigantes de la empresa en  EU: Vanderbilt, Rockefeller, J. P. Morgan, Carnegie y Ford. De las barcazas y los vapores, los trenes como sistema circulatorio de Estados Unidos, del sorpresivo “oro negro” y el queroseno para iluminar las casas, al gran acierto de apostar por la Corriente Alterna para dar vida nocturna a las ciudades. El automóvil como la gran revolución y también las crisis financieras del Tesoro y su necesidad de pedir dinero prestado a los grandes potentados. Ahí está el origen de la regulación para controlar los monopolios y favorecer la competencia. Rápida, aleccionadora, muy informativa.
Arquitecto, escultor, pintor, un creador en toda la expresión de la palabra. La obra de Fernando González Gortázar, la edificada y la que se quedó en proyecto, reunida en Resumen del fuego, edición de la Universidad de Guadalajara. Próximamente una muestra de ella estará en el Museo de Arte Moderno. No se le puede ir. Basada en la extraña novela de Mark Haddon la obra El curioso incidente del perro a medianoche, de gran éxito en Londres y Nueva York, llegó a México con una excelente puesta en escena, dirección y actuaciones de primera. En México hay muy buen teatro aunque nos cueste admitirlo. Teatro de los Insurgentes, saldrá reconfortado.
Si mi biblioteca ardiera esta noche, de A. Huxley, Ensayos sobre arte, música, literatura y otras drogas, el subtítulo lo dice todo, sin desperdicio (Edhasa). Desgarrador y a la vez edificante. La invencible, de Vicente Quirarte (Joaquín Mortiz). La excelente pluma del poeta, ensayista, investigador, abocada ahora al tema de la relación con su padre. No hay retorno, el tatuaje es permanente. Una joya. Sean felices con rabia, para seguir la receta de Leonardo.
                *Escritor